Cenizas // Priscila Rosas Martínez

Los límites de lo real se extienden con cada luna llena. Pero es en lo íntimo, en la vida familiar y cotidiana, dentro de esos espacios bajo los que habitamos con el pretexto del parentesco, donde se guardan secretos inverosímiles. En este cuento, Priscila, con gran sutileza, nos muestra una frontera casi impalpable de esto, ¿es todo lo que vemos real?, ¿hasta dónde podemos confiar en lo que apreciamos con nuestros ojos?, ¿qué secretos se esconden en las habitaciones de nuestro hogar?

K.M.C.


Cenizas

Me despertó el hedor a quemado. La casa siempre olía como si algo se quemara de la mañana a la noche, pero este era un olor distinto. Más ácido y denso, de ese tipo que llena cada rincón e impregna las cosas al punto que se vuelve imposible de sacar. Me revolví en la oscuridad tratando de volver a dormir, librando una batalla contra las sábanas repentinamente incómodas. Fue imposible, era como si se me metiera al cerebro. Después de un rato, más por nauseas que por curiosidad, me levanté y decidí averiguar de qué se trataba.

Al abrir la puerta de mi cuarto, una ráfaga olorosa me golpeó la cara. Presioné dos dedos sobre mi nariz, intentando aislarla sin mucho éxito, y fui a husmear al cuarto de mis padres. Por el espacio que dejaba la puerta entreabierta, observé que en la cama yacía sola una silueta de curvas suaves. Del otro lado, faltaba el bulto corpulento de papá. Era de esperarse: a papá siempre le gustaba quemar las cosas más pequeñas cuando dormíamos.

Pero el aroma de esa noche era nuevo, no se parecía a nada que hubiera quemado antes. Bajé la escalera a oscuras, procurando hacer el menor ruido posible. Con cada peldaño, el hedor incrementaba; para cuando llegué al piso de abajo, tenía nariz y boca escondidas bajo el cuello de la pijama. A tientas, seguí por el pasillo, atravesé la cocina y encontré la puerta del pequeño sótano adecuado por papá cuando decidió dedicarse a la incineración. El contorno brillaba con un tono anaranjado, augurando la fuerza del fulgor que escondía detrás, como si condujera al infierno. La empujé con cuidado y el chirrido quedó encubierto por los sonidos procedentes de más abajo. Aferrada a los barandales astillados, descendí aún más despacio, casi sentada en cada escalón, entrecerrando los ojos ante la repentina luz y el calor.

Papá quemaba todo tipo de cosas: madera, plásticos, basura, incluso desechos de algunas clínicas cercanas. No era legal, por supuesto, pero a los negocios les agradaba porque era mucho más barato que dar el tratamiento adecuado a los desperdicios. Mamá no estaba de acuerdo, pero ganábamos tanto que prefería conformarse a conseguir un empleo para reemplazar los ingresos. Vivíamos a las afueras de la ciudad, así que nadie se veía afectado por el humo y el olor diarios, nadie más que nosotros. Mamá alegaba que tarde o temprano todos moriríamos intoxicados; papá no escuchaba.

Apenas me acercaba al suelo cuando distinguí su figura robusta, moviéndose al manipular algo que quedaba fuera de mi vista. Todo se recortaba en siluetas cambiantes mientras el fuego bailaba en la hoguera. La hediondez, más fuerte que nunca, era tan degustable que se paseaba por mi lengua y me esculpía en la cara una expresión de asco.

Papá tenía su serrucho en la mano y lo movía con entusiasmo. La luz era demasiado intensa y todo era contraste y sombras, por lo que no era fácil saber qué estaba cortando. Eran piezas grandes, que rebanaba y lanzaba a las llamas una detrás de otra, después de que la anterior se terminaba de consumir. Lo había visto incinerar muchas veces, pero esa ocasión se veía distinto: rígido, tenso, como si estuviera a punto de hacer algo tan prohibido como emocionante.

Cuando terminó, puso a la mesa una última pieza. Era redonda, parecía un balón con el contorno borrado por la luminiscencia. Lo sostuvo entre sus manos un largo rato, al parecer dudaba antes de transformarlo en cenizas. Me incliné más sobre los últimos escalones, estiré el cuello todo lo posible para ver mejor, y el peso me jaló hacia adelante. Resbalé y caí de manos y rodillas con un golpe que superó el crepitar del fuego. Papá se giró, nuestras miradas se encontraron y el tiempo se detuvo.

Parecía estupefacto, su boca abierta incapaz de articular palabra. Ahora de frente a mí, se proyectaban en él las llamas rojas por un costado y con su otra mitad tragada por la oscuridad, el cuerpo se le dividía de forma siniestra. El aire se espesó cuando bajé la vista a lo que llevaba entre las manos. El balón dejó de parecer balón cuando me di cuenta que ahí, dentro del sótano de papá, en lo profundo de la noche, otro par de ojos me miraba.

No tuve consciencia de cuánto pasó sin que nadie se moviera un centímetro. Pudieron ser horas hasta que decidí ponerme de pie, lento y sin mirarlo de nuevo, darme la vuelta y subir. Los sonidos se distorsionaban, mi memoria se cortaba en pedazos. Volví sobre mis pasos lo más rápido que pude, pero de pronto los pasillos eran más largos y las escaleras tenían el triple de peldaños. Mamá, tengo que decirle a mamá, era el único pensamiento que me cabía en la cabeza. Llegué al piso de arriba entre latidos desenfrenados, vadeando las esquinas negras de los muebles invisibles, y me aventé contra la puerta de su cuarto. La vi acostada, durmiendo igual de tranquila que antes mientras la alcanzaba a zancadas escandalosas.

Mamá, pensé, mamá, le dije mientras la destapaba y debajo de las sábanas encontraba nada más que un puñado de almohadas.


Priscila Rosas Martínez (Mexicali, Baja California). Tiene 20 años y cursa la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Baja California. En el 2015 publicó su libro Cúmulus, una llave a otras dimensiones, el cual fue presentado en la FIL UABC ese mismo año. Obtuvo el primer lugar en el Concurso Estatal de Ensayo Joven de la revista El Septentrión y del Concurso de Ensayo de la Facultad de Ciencias Humanas. Formó parte de programa de Talentos Artísticos del Instituto de Cultura de Baja California y publicó el cuento Donde los pájaros van a morir en una de sus antologías. Fue distinguida como Joven Promesa en el área de Ciencias Sociales por el COLPARMEX.

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