Estúpido rastrillo // Elisa Hernández

Elisa Hernández nos recuerda que el cuerpo es receptor de una socialización macabra, dolorosa y pesada. En el filo de un rastrillo caminan una conga de traumas que se meten en cada folículo y poro hasta hacer un sangrado que no para. Un cuerpo femenino que carga con miradas y comentarios gratuitos que van dejando cicatrices como una mala rasurada. Es apenas articulando la experiencia de ese cuerpo, callado en la reificación, que se puede plantear una resistencia a partir del reclamo a partir de la experiencia presencial.

“Estúpido rastrillo” es un texto que busca este gesto de rebeldía, una voz articulada a partir de un cuerpo que está presente, pero se niega a ser víctima del consumo. La narradora se sabe objeto de un proceso caníbal de cosificación que parte de las heridas emocionales y físicas que deja un rastrillo de afeitar. Un cuento que da respiro, como no existe respiro para el cuerpo de una mujer desde niña en un mundo configurado para el disfrute machista carnívoro.

E.L.A.


Estúpido rastrillo

Eres y siempre serás la relación amorosa de más fracaso en mi total existencia. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas hijo de tu pinche maquila padre que hasta le pedí permiso a mis papás para andar contigo? Once años, solo tenía once malditos años cuando vi las piernas lisas de la Matilde en la primaria. Supongo que toda mujer, incluso a corta edad, está acostumbrada a ver la tan mitificada pulcritud femenina en las otras féminas con las que se compara, pero yo quería ser como ella, siempre perfecta. 

Que ya estábamos grandes decía. La neta qué bonita se miraba con la falda de la escuela. En una de esas detrás de la cancha de rápido que dividía la primaria de la secundaria, nos metimos para hablar de “cosas de chicas”. Que las piernas, que la ceja, que la axila, y yo, bajándome lo más que podía la pinche falda porque cómo te persigue la vergüenza del todo tú en la prepubertad, y luego en la pubertad, y luego en la adultez que medio te vale madre, pero tú sigues aferrada al maldito rastrillo. Y cómo te percibes, con las piernas del tío cosa. Pinches pelos, de seguro me vería tan bonita como la Matilde si me rasurara las piernas. Matilde, Matilde… viene y no se va, y en todo la pienso.

Así que se me ocurrió decirle a mis papás, y fue toda una faramalla como si de un embarazo clandestino y prematuro se tratase. “Padres… tengo algo que decir… me quiero rasurar las piernas” y fue un drama porque siempre o eres lo demasiado joven como para fijarte en esas cosas, o ya se te están pasando los años y no te pones las pilas. Todas tus malditas normas heteropatriarcales y falocentristas me llevaron a que me cortaras sin pensarlo dos veces las rodillas, y no solo eso, esa bolita que tenemos, el huesito del tobillo, me lo pelaste más de diez veces. Porque con nada estás contento, no podía terminar el día sin comenzar a sentir rasposas las piernas. Las mismas malditas normas heteropatriarcales, que sí, que así se llaman, con nombre y apellido, me hicieron utilizarte a los once años, fueron las mismas que me separaron de Matilde, de su amor y de sus piernas perfectas, porque entre todas las “cosas de chicas”, nunca me atreví a decirle que me gustaba cómo se miraba con falda, que me gustaba, punto, más bien.

Al año intenté olvidarla. Terminamos la primaria y qué se le iba a hacer, ella se fue y yo bastante tenía con el miedo de pararme en una nueva escuela, sin Matilde. Pero como a todo, le agarras el hilo bien carbrón y rápido. Justo en el mismo cachito de sombra, en un rincón donde nada se veía, me llevé al Camilo, que medio se antojaba, pero todo se venía abajo porque de la lengua a las neuronas no había mucho que se conectara. Menos cuando intentó metérmela (la lengua) en la garganta mientras me acariciaba las piernas por debajo de la falda, solo para quitarlas con asco “qué rasposas las tienes, pareces vato”. Me gustaba que me tocara, pero yo solo imaginaba a la Matilde. La neta me quedaron más marcadas sus palabras que mi mano en su jetota de pendejo. Yo te había usado solo cuatro horas antes, estúpido rastrillo, toda apurada ya con el agua fría en la mañana para que no se me fueran a ver los pelos entre los tejidos de las calcetas del uniforme de la secundaria. A los doce años fue la primera vez que me dijeron que parecía hombre. Y siguió así por mucho tiempo, porque nunca eres lo suficientemente femenina para ser una mujer, ni lo suficientemente masculina como para llevarte con los hombres, así que nunca he podido entenderlos.

Ese día llegué encabronada a mi casa y me encerré en el baño con unas tijeras. Nunca me había importado el cabello, así que agarré un trozo grande y me preparé para cortarlo, y luego me acordé del cabello de la Matilde, que le llegaba hasta las nalgas, santo cielo, tan hermosa, pero yo no debía pensarla así, no, las mujeres no deben pensar en otras mujeres, solo compararse con ellas, o sea, hay que mirarlas lo suficiente como para sentirse superior o competir, pero de lejitos para no encariñarse, porque el amor entre mujeres es malo, crece y se multiplica y puede causar revoluciones. No, el amor entre mujeres no debe ser, porque sería el final para los hombres, ya no les quedaría nada, su motivo de existencia se eliminaría y tendrían que comenzar a amarse entre ellos. No, compa, el amor entre mujeres no es bueno. 

Así que solté el mechón de cabello, y tú me mirabas desde el rincón del lavamanos, casi como riéndote, estúpido rastrillo, me miraste y me rectificaste que siempre vas a ganar por sobre todas las cosas, que todo lo que significas siempre va a estar por delante de la imagen del espejo, y que mis piernas nunca iban a estar tan lisas como las de la Matilde. Carajo. Pero ¿esa es tu intención, verdad? Separarnos, como siempre. Porque igual y tiempo después me enteré de la novia de Matilde, no importó que tan lisas tuviera las piernas o que tanto se le alborotaran los rulos del cabello, ella se enamoró de una mujer, y vienes a reírte de mí en un intento de salvar tu reputación, porque no pudiste con ella ni con tus malditas normas heterocentristas, ella ganó y aun así sigues atormentándome. Me ves con tu carita de muy vivo, rasguñándome a cada rato, y la manera en que los vatos me rechazan con las piernas llenas de curitas. Porque nunca voy a ser lo suficientemente femenina como para gustarles, ni lo suficientemente masculina como para agradarles sin darles en el ego de machos. La verdad es que nunca pude querer a los hombres y tú solo estás para cortarme las venas.


Elisa Hernández es Nahuala Cachanilla por nacimiento, escritora de medio tiempo y casi licenciada en Artes Plásticas.  Le atora mucho a todo y casi no le hace a nada desde 1997, pero triunfa exitosa en mesas de lecturas locales, resultado de talleres de creación literaria de instituciones como UABC y CEART. Formó parte de la Antología Mexicalense del Nuevo Milenio “Tinta Fresca”, así como de eventos locales para promoción cultural y visibilidad de autores jóvenes. No tiene mucho currículum porque para todo te piden experiencia.

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