Hiroshima // Jorge Orlando Correa

Quienes por años nos alimentamos de promociones de arroz frito sabemos que nada es más cercano a un thriller americano que las cadenas de comida oriental. Jorge Orlando Correa nos da en este cuento una tensión que evoluciona y un desarrollo secuencial casi cinematográfico.

J.G.


Hiroshima

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He vuelto, dos décadas después, al sito en donde viví los años de mi infancia. Ahora es un fast food de comida oriental. Frente a charolas repletas de panes cortados en cuadros, pechugas empanizadas y fideos humeantes, un japonés me mira a los ojos y alza la cara como diciéndome “qué”. Con las manos en el estómago, pido el baño. Entreabre la boca, arruga las cejas y por unos segundos permanecemos en silencio. Le repito, alargando las bocales, la palabra baño. Me dice cosas que me son imposibles de descifrar y apunta con el cucharón hacia un pasillo que conozco. Camino debajo de dragones verdes de papel maché percibiendo un aroma a aceite quemado. Los mosaicos del suelo siguen siendo los mismos grises. Las paredes solían ser blancas. Este anaranjado tampoco me gusta. Sostengo la perilla de la puerta, giro la muñeca, escucho trac y jalo hacía mí. Donde antes había una ventana ahora hay bloques y cemento. Aún recuerdo los golpes, cachetadas e insultos que recibí en este sitio, atado el tiempo suficiente como para comenzar a planear lo que hoy he venido a hacer. Me levanto la playera, palpo la cicatriz y las costuras a la altura de mi estómago. Saco de una de las bolsas traseras del pantalón la pinza y descoso los nudos. Introduzco mis manos dentro del cálido y húmedo orificio. Manchada en sangre, deposito la bomba sobre el tanque de agua del bacín. Vuelvo a tejer el nudo cerrando la abertura horizontal en mi cuerpo. Me lavo las manos hasta que de ellas deja de escurrir el agua teñida de rojo. Ahora estoy de frente al explosivo; aprieto el botón que activa el cronometro. En cinco minutos el lugar se habrá convertido en ruinas. Regreso a mis pasos para retirarme lo antes posible. El japonés me vuelve a decir cosas que no entiendo. Volteo y le digo que es mejor que se vaya. Grita, mueve de arriba abajo su utensilio con tal violencia que da la impresión de que se le escapa de la mano. Váyase, le digo otra vez, esto no es su culpa.


Jorge Orlando Correa (Chetumal, Quintana Roo, 1992). Editor y coordinador de la revista Materia Escrita. Ha publicado cuentos en medios como Revista La Caída, La Rabia del Axolotl, Cantera Malaquita, entre otros. 

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